
Salí de casa y aún el sol estaba en lo alto, podía sentir como sus rayos potentes y casi cegadores calentaban mi piel y abrasaba mi pelo desde el momento justo de cerrar la puerta de casa. Los dos perros acostados a la sombra del patio se levantaron al instante en cuanto me oyeron salir. Intente salir sin darles demasiada importancia pero ellos no se daban por vencidos. No aceptaban quedarse solos, aullaban y se movían sin parar, saltando en la misma verja, golpeándola para decirme que la abriera y no los dejara allí. No quería ceder pero al final lo hice y les abrí la verja.
Salieron a toda prisa no fuer a ser que los volviera a cerrar de nuevo, son tan listos….
Juntos bajamos hasta el río, caminando los tres en silencio. Solo se podían oír los gemidos de los dos pastores alsacianos, mientras correteaban y saltaban a mí alrededor. Anduvimos con paso apresurado un buen rato para relantizarlo luego una vez que llegamos a la zona de sombra. No hacia más de diez minutos que había salido de casa pero el sol me estaba agotando y lo único que estaba deseando era ya llegar a la parte del camino en que los árboles hacían presencia a ambos lados. Era el momento de pasear y dejar de andar con ese paso apresurado que me estaba agotando.
La paz era infinita, aquí bajo la sombra de los árboles corría una suave brisa que se agradecía eternamente, una brisa que llegaba a ondear mi pelo levemente. Se distinguían cantos de pájaros diferentes, muy suaves y melodiosos como si de una conversación de íntimos amigos se tratara. Era una sensación tan especial la que llegaba a sentir con este corto paseo, que ya no sabia si llevar los ojos abiertos o cerrados, me conocía tan bien este camino que estoy segura de que si me lo propusiera lo haría con los ojos cerrados.
Ya podía oír el murmullo del agua, no me quedaban más que unos cien metros para llegar a la misma orilla. Abedules gigantescos marcaban las dos orillas del río, acompañado de un manto de hierba verde y pequeña a la que la sombra de los árboles le daba unas horas de frescor. Seguía caminando y ya en mi cabeza estaba el poder acostarme en esa hierba fresca contrastando con el calor que el sol acabo por agotarme.
Que maravilla nos da la naturaleza, yo allí sentada primero y contemplando el cauce del río, su sonido hacia que me trasportara a un mundo mágico. Pronto opte por acostarme y los perros hicieron lo mismo a mi lado. Podía notar su fatiga por su forma agitada de respirar. Cerré los ojos y universo entero de sensaciones pude llegar a sentir, era fascinante. Por un lado podía escuchar la respiraron agitada de los dos perros, no fue demasiado largo el camino hasta llegar aquí, pero el calor para ellos podía llegar a ser insoportable para ellos. Pronto fue disminuyendo su frecuencia y acabaron por quedarse dormidos, ese fue el momento que deje de escucharlos y me centre más en el canto de los pájaros. Lo hacían tan bien y con esa entonación tan especial que casi podía llegar a adivinar el contenido de la conversación. Con los ojos cerrados no tenemos nada que nos perturbe y nos centramos más en lo que escuchamos, con más intensidad que si estuviéramos mirando a algún sitio. Esos trinos estaban enlazados con el murmullo del agua. No era un sonido monótono, mas bien era parecido a una conversación como la de los pájaros, como si el mismo río intentara contarme algo. Incluso de vez en cuando se podía oír como si alguna trucha diera un pequeño salto en el agua, como si subiera a la superficie para cazar alguna mosca despistada. Era tal la paz que sentía en ese momento que…….. Sonó el timbre de casa, los perros comenzaron a ladrar y me desperté en la vieja butaca del porche. Que fastidio, de nuevo las nuevas tecnologías y las prisas no me dejaron seguir en este bello sueño…………